
- El momento exige líderes dispuestos a limpiar sus propios pasillos
La elección de la rectoría en la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx) no es un mero trámite administrativo. Es un reflejo de la salud ética y democrática de una institución que, como espacio educativo, debería encarnar los principios de transparencia, justicia y responsabilidad.
Sin embargo, las exigencias de la comunidad universitaria chocan con evasivas, alianzas opacas y una inquietante tendencia a eludir las cuentas pendientes.
Laura Benhumea: entre el silencio cómplice y la victimización
El caso de Laura Benhumea es emblemático. Durante su gestión como directora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, emergieron denuncias por acoso sexual que, según testimonios de académicas y estudiantes, fueron ignoradas. En su regreso a esta facultad para pedir el apoyo universitario, una académica y una estudiante confrontaron a Benhumea González, exigiendo explicaciones sobre su omisión ante estos casos. La respuesta fue el silencio, un gesto que no solo delata complicidad, sino una incapacidad para asumir la responsabilidad que exige un cargo público.
Lo cierto es que Laura Benhumea intenta venderse como víctima de un sistema que “la excluyó”, narrativa que se desmorona al ver su inclusión en la contienda. Pero las sombras de su gestión persisten: la protección a presuntos acosadores, la falta de mecanismos claros para atender a las víctimas y su negativa a abordar el tema con honestidad. Su campaña, lejos de reconstruir puentes, se sostiene en auditorios semivacíos y en una retórica de victimización que la comunidad universitaria parece rechazar.
A decir de algunos universitarios, agrava esta situación su alianza con Manuel Montes de Oca Colín, su abogado y operador político, quien simultáneamente busca un puesto como Magistrado del Poder Judicial.
Esta conexión sugiere una red de intereses ajenos a las necesidades académicas. ¿Es la campaña de Benhumea un trampolín para agendas externas? La pregunta flota en el aire, mientras los eventos de su campaña se convierten en escenarios de promoción cruzada.
Patricia Zarza y los rumores de nepotismo: ¿percepción o realidad?
No es la única candidata bajo escrutinio. Patricia Zarza enfrenta señalamientos por la participación de su hermana en la elección judicial. Aunque sus trayectorias profesionales parecen no entrelazarse, las “malas lenguas” insinúan un intento de influencia familiar.
Aquí, el problema no es solo la posible realidad del nepotismo, que tanto ha criticado la 4T, sino la percepción de opacidad que debilita la credibilidad del proceso.
En un contexto donde la desconfianza campa a sus anchas, cualquier sombra de favoritismo se vuelve un lastre. Quizá la única candidata opositora que no tiene tantos señalamientos de opacidad y falta de transparencia sea María José Bernaldez, quien pese a que la ligan con el ex magistrado presidente del Pjedomex, Ricardo Sodi Cuellar; no ha recibido señalamientos de “obscurantismo” o protección a sus amigos en casos de acoso o violencia escolar cuando estuvo a cargo de la Facultad de Derecho de la UAEMéx.
La evasión como estrategia: ¿hasta cuándo?
Frente a las críticas, la mayoría de las aspirantes han optado por la evasión. “En toda contienda saldrán cosas”, argumentan, como si la opacidad fuera un mal inevitable. Pero esta postura ignora un principio básico: en una universidad pública, la rendición de cuentas no es negociable.
Los “muertitos en el closet” no son solo anécdotas; son deudas con víctimas de acoso, con estudiantes que exigen seguridad, con una comunidad que merece saber si sus líderes priorizaron la protección de los poderosos sobre la justicia.
Autonomía universitaria vs. intereses personales
La UAEMéx está en un punto crítico. La elección de su rectoría no puede reducirse a una pugna entre grupos de poder o a una fachada para proyectos personales. La autonomía universitaria, tan celebrada en el discurso, se vacía de sentido cuando las campañas se convierten en plataformas para ambiciones ajenas a las aulas.
La comunidad universitaria ha sido clara: demanda líderes que enfrenten el pasado con autocrítica, que respondan con hechos —no con silencios— y que antepongan el bien colectivo a los pactos entre amigos. Mientras las candidatas insistan en evadir sus responsabilidades, la herida seguirá abierta. Y la universidad, lejos de avanzar, seguirá pagando el precio de su opacidad.
El momento exige más que campañas bien articuladas; exige líderes dispuestos a limpiar sus propios pasillos antes de pretender dirigir una institución. La pregunta es: ¿están escuchando?